El próximo sábado, mientras las murmuraciones de la discordia, el incordio, la tempestuosa delación y los chismes sin formalidad judicial (ni de un lado ni del otro) envuelven y convierten a Julio Scherer Ibarra en noticia de páginas políticas y hasta tema del desdén presidencial (ni lo he leído ni lo voy a leer), una parroquia devocional y memoriosa, muchos sin conocerlo en vida, se reunirá en el noble edificio de Minería para rendir homenaje a Julio Scherer García en el centenario de su nacimiento, accidente biológico al cual en ceremonias de este tipo se le dice natalicio, como si fuera Benito Juárez.
También será ocasión para celebrar el primer medio siglo de la revista "Proceso. A pesar de haber sido jefe de información de la agencia CISA, de donde emergió el paginario, no asistiré a tan importantes efemérides.
Hoy, previamente a la previsible e interminable catarata de elogios a Don Julio (como se le nombraba en "Excélsior" cuando ahí trabajábamos quienes ahora peinamos canas o lucimos irremediable calvicie, según el caso), recuerdo hasta dónde han llegado las exageraciones.
Cuando Scherer (senior) publicó su libro "La terca memoria", se reunieron en la casa Lamm algunas mujeres del oficio convocadas por Miguel Ángel Granados. Elogiaron el tomo sin mesura y en el clímax de la euforia Carmen Aristegui dijo: Don Julio es el Dios del periodismo mexicano. Quizá, pero hay muchos ateos.
Hoy el junior de Julio está en el foco de atención. No por su talento jurídico ni por su obra editorial ("Impunidad: la quiebra de la ley", "El dolor de los inocentes" y "La guerra sucia de 2006: los medios y los jueces") sino por su infidencia. Ni siquiera por su autocrítica. Bueno, ni por su crítica.
Sus acciones y sus versiones, no le merecen homenaje sino reprobación hasta de la casa presidencial, circunstancia ante el poder a la cual aspiraría cualquier periodista enfrentado con las potencias políticas frente a la valentía de su pluma y lo limpio de su plumaje.
Pero Jr. no tiene nada de eso.
Él nunca ha sido periodista. Hasta para publicar su actual relato necesitó a un profesional. Fue hijo de un periodista notable y bajo su sombra y paciencia hizo prosperar cercanías y ventajas; logró protección ante cualquier circunstancia, pues del atolladero su padre lo sacaría indemne, como ocurrió cuando la lumbre se alzaba a los aparejos en cuestiones azucareras cuyas denuncias fueron efímeramente públicas. Y algunas otras cosas ahora guardadas bajo llave.
Hoy la presidenta le dice (sin negar ni condenar sus palabras):
"La crítica y la autocrítica siempre son importantes, siempre; pero nosotros somos parte de un movimiento de Transformación.
"Y repito, aunque la crítica y la autocrítica se valgan, siempre hay que ser consecuentes, siempre.
"Porque uno no está aquí por el poder. Ni nos impuso nadie, más que el pueblo, y llegamos a transformar.
"Y hay que ser consecuentes siempre con lo que uno lucha en la vida".
La personalización de la respuesta anula la respuesta misma. Nada tiene qué ver el pueblo con un testimonio ajeno –cierto o falso--, de crítica o delación.
La respuesta presidencial se prolongó por dos días. Todavía ayer CSP extendió el tema y sus (in) consecuencias:
"No veo ninguna necesidad (de judicializar las declaraciones de JSI)... si la fiscalía o el gabinete de seguridad encuentran relación de algún funcionario público vinculado con la delincuencia organizada o por corrupción, tiene que actuar... pero de ahí a lo que... repito, ni he leído ni voy a leer el libro... que la fiscalía tiene pruebas, se presentan pruebas de una persona, adelante, que se actúe..."
Frente a este panorama telúrico, cuya aparición en la escena ha generado mucho ruido y pocas nueces, solamente queda una pregunta en el aire:
¿Qué persigue Julio Scherer Ibarra con esta actitud?
Si no es venganza ni perdón, ¿qué es entonces?
¿Vomitivo o laxante?
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